La cita previa y la docilidad de una sociedad que aprendió a pedir permiso para todo
En apenas cinco años, la cita previa ha dejado de ser una medida excepcional para convertirse en una costumbre invasiva que condiciona nuestra vida diaria. La pandemia del COVID-19 aceleró una lógica de control que ha sobrevivido a la emergencia, y la ciudadanía la ha aceptado con una docilidad preocupante.
Lo que comenzó como una solución temporal para no paralizar a la sociedad se ha convertido en una forma de ordenar, filtrar y limitar el acceso a casi todo.
En los centros de salud, la cita previa ya no es solo una herramienta de organización: es una barrera. Conseguir atención médica puede depender más de la capacidad de navegar por sistemas telefónicos o digitales que de la necesidad real del paciente. La atención inmediata, la atención humana, la atención sin intermediarios, parece cada vez más una excepción incómoda dentro de un modelo que exige planificación incluso para la urgencia.
Ese mismo esquema se ha extendido a otros ámbitos de la vida pública. Las visitas culturales, los trámites administrativos, las gestiones en organismos o con la administración se han sometido a la misma lógica: sin cita, no existes. Incluso cuando un trabajador decide atender a una persona sin cita previa, como ha ocurrido recientemente en el SEPE, el sistema reacciona antes contra la desobediencia que contra la desatención. El mensaje es claro: cumplir el procedimiento importa más que resolver el problema.
La hostelería tampoco ha quedado al margen. Cada vez es más habitual que sin reserva no te atiendan, o que te reciban con la indiferencia reservada a quien no ha pasado por el filtro previo. La mesa vacía ya no es una oportunidad, sino una anomalía. La espontaneidad, que durante décadas formó parte de la vida social, ha sido reemplazada por la programación obligatoria. Y con ella, poco a poco, ha desaparecido una parte importante de nuestra libertad cotidiana.
En mi reciente viaje al Levante almeriense, llego a un chiringuito de playa en San Juan de los Terreros. Pregunto si podemos comer dos sin reserva y me dice que tengo que esperar, cuando había siete mesas vacías. En ese momento llaman por teléfono y le hacen una reserva para las 15:00, es decir, para 25 minutos después. Me tuve que ir sin ser atendido. Si no hay reserva, aunque haya hueco, no te atienden. O, como me pasó otra vez, me atendieron, pero cuando acabé el primer plato y solicité que me trajeran el segundo, me comentaron que tenía que esperar a que todos los que tenían reserva acabaran el primer plato. Igual me pasó en la Geoda gigante de Pulpí: si no pasas el trámite de reservar, no tienes derecho a nada. Y no patalees: porque es peor.
Lo más inquietante no es solo la expansión de la cita previa, sino la normalidad con la que se ha asumido. En muy poco tiempo hemos interiorizado que todo debe pedirse, reservarse, confirmarse y validarse antes de existir.
Hemos aprendido a comportarnos como si fuera natural que el acceso a servicios básicos dependa de una autorización previa, como si la vida en sociedad debiera funcionar siempre bajo condiciones de permiso.
Quizá por eso, la cita previa no es solo un problema administrativo, sino un síntoma político y cultural. Representa una sociedad cada vez más acostumbrada a obedecer, más cómoda en la espera y más resignada ante la pérdida de inmediatez, de espontaneidad y de libertad.
Y cuando una sociedad acepta sin protestar que todo requiera permiso previo, lo que está perdiendo no es solo tiempo: está renunciando, casi sin darse cuenta, a una parte esencial de sí misma.
Si seguimos así, tendremos que pedir cita o reserva hasta para morirnos.